Publicadas por primera vez en 1917, Boris Sávinkov relata en ellas la intensa y dramática lucha de la Organización de Combate del Partido Socialista Revolucionario contra la autocracia zarista entre 1902 y 1906. Albert Camus se basó en ellas para escribir su pieza teatral Los justos y uno de los capítulos de El hombre rebelde.

Sávinkov ha pasado a la historia como uno de los personajes más complejos y oscuros de la lucha clandestina del primer cuarto del siglo XX. Conspirador nato, se enfrentó tanto al zarismo como a los bolcheviques. Organizó, entre otros, el atentado que costó la vida al Gran Duque Sergio en 1905 y el que casi le cuesta la vida a Lenin en 1918.

“A pesar de todos mis esfuerzos, el 4 de febrero quedé con vida. Arrojé la bomba a una distancia de cuatro pasos a lo sumo, a quemarropa, el torbellino de la explosión me arrastró y vi cómo la carroza saltaba hecha pedazos. Al desvanecerse la humareda me di cuenta de que me hallaba cerca de los restos de las ruedas traseras. Recuerdo que percibí el olor de humo y madera quemada y que me saltó el gorro. No caí, no hice más que volver la cabeza. Después vi a cinco pasos del sitio en que me hallaba, cerca del portal, restos del traje del Gran Duque y un cuerpo desnudo… A unos diez pasos de la carroza estaba mi gorro. Me acerqué, lo alcé del suelo y me lo puse. Di una ojeada en torno mío. Mi abrigo estaba destrozado, cubierto de astillas y requemado. Del rostro manaba sangre en abundancia. Comprendí que no podía escapar, aunque durante algunos prolongados instantes no hubiera nadie a mi alrededor. Me puse en marcha. En aquel momento se oyeron voces tras de mí que gritaban: «¡Detenedlo! ¡Detenedlo!». Faltó poco para que el trineo de los policías me atropellara y unas manos se apoderaron de mí. No opuse resistencia. A mi alrededor se agitaban un guardia, un inspector y un agente repugnante que, temblando, decía: «Mirad a ver si lleva revólver; ¡ah, gracias a Dios, no me ha matado, a pesar de que estábamos aquí mismo!» Sentí no poder obsequiar con una bala a aquel magnífico cobarde. «¿Por qué me cogéis? No huiré. Lo que tenía que hacer lo he hecho ya.», dije y en aquel instante me di cuenta de que había ensordecido.”

ISBN:  978-84-617-8077-8
Número de páginas:  384
Dimensiones: 150×210. Rústica.
Precio: 16 euros.

Borís Sávinkov. (Járkov, 1897 – Moscú, 1925). Borís Sávinkov nació en Járkov (actualmente Járkiv, en Ucrania) en 1879. Vástago de una familia acomodada con ínfulas artísticas y simpatías revolucionarias, estudió en Varsovia, donde vivió sus primeros años, y más tarde en la facultad de Derecho de la Universidad de San Petersburgo, de la que es expulsado por participar en varias algaradas estudiantiles.

Desde 1898 es un reconocido miembro de varias organizaciones de ideología socialista. En 1901 es arrestado y enviado al exilio en la ciudad de Vologda. Allí traba amistad con varios prominentes intelectuales de izquierdas, como Nikolai Berdyaev y Anatoli Lunacharski. A pesar de sentirse bastante desilusionado con el marxismo, decide consagrarse a la lucha armada en pro de la revolución obrera. En 1903, Sávinkov escapa de su exilio y se afilia al Partido Socialista Revolucionario, donde rápidamente alcanza puestos de responsabilidad en la organización de actividades terroristas. En concreto, es el ideólogo de los atentados que costaron la vida al terrible Vyacheslav von Plehve, Ministro del Interior del Zar, y al Gran Duque Sergei Alexandrovich, gobernador general de Moscú. Tras cometer los atentados que le hicieron famoso en toda Rusia, fue condenado a muerte, pero logró huir a Rumanía y posteriormente a Francia. Allí, entre la bohemia de Montparnasse (donde se codeó con Picasso, Cendrars y Apollinaire, para quienes era «nuestro amigo el asesino»), publica su libro más famoso: El caballo amarillo. Después, cuando estalla la primera guerra mundial, marcha como corresponsal al frente francés. Vuelve a Rusia para luchar en la Revolución y llega a ser nombrado Ministro de la Guerra por Kerenski. Debido a su disconformidad con los bolcheviques, se ve obligado a salir del país. Tras ser engañado por la policía secreta bolchevique, entra de nuevo en Rusia y es inmediatamente arrestado y condenado a muerte. Sorprendentemente, la pena le es conmutada por diez años de prisión. Sávinkov no aguanta vivir enjaulado, y presumiblemente se arroja por la ventana del temible presidio de la Lubianka, en Moscú, el 7 de mayo de 1925. Dos años antes, en 1923, escribe su novela El caballo negro, inspirada en esos hechos de su vida.